Dice que el tiempo le ha robado su encanto,
que su hermosura se ha desvanecido,
mas su rostro es mi mundo sagrado,
mi horizonte jamás desvanecido.
Es alba serena que al mundo despierta
cuando los pájaros entonan su canto;
y crepúsculo en tierras lejanas del sur,
donde el sol reposa tras velos dorados.
Sus ojos, lagunas de hondos reflejos,
donde la luz se disuelve en misterio;
su boca, una gruta sagrada y callada,
donde el beso anida un rito secreto.
Sus cabellos, cerezos en flor,
florecen de temprano abril;
y yo, navegante de mares sin puerto,
contemplo su estampa, lejana y arcana.
Llueve en mi pecho un torrente silente,
ya nadie comprende mi duelo escondido;
soy la orilla, mansa y eterna,
que besa las olas de infinito mar.