Y de repente lanzó un llanto despavorido, desconsolado, casi como un aullido, que jamás se ha permitido pero ahora lo hizo.
Lo hizo porque ya no pudo guardarse nada, estaba ya cansado, por sujetarse al olvido.
Con su llanto dijo aquí estoy presente; y soy alguien que existe no soy un ausente.
No soportó más la opresión en el pecho; que no es de acero, más bien es de carne y hueso.
Sus lágrimas brotaron como brotan sangre de la muñeca cortada del brazo de un suicida hecha por un cuchillo.
Nadie oyó su suplicio, nadie oyó sus quejidos sólo él y algunos bichos de esa sucia habitación.
Pudo haber sido feliz, no le tocó el turno, la vida le tenía otros planes para hacerle sufrir.
Muy débil ya de fuerzas y ganas para seguir se dejó caer en la profundidad de su dolor.
Su llanto silencioso asustó a su optimista interior quien sin mas remedio impotente huyó.
Su sombra no se compadeció; lo vio tan abatido, tan humillado que cobardemente se ocultó.
Y al fin ya sin motivo por existir y sin nada más que sentir al tren del último viaje se entregó.
Sin sueños sin cumplir, y por nadie más por quien vivir, su aliento se apago, ¡ con más penas que gloria murió!