Duerme la barca encamada en la orilla,
la despierta su humilde dueño.
Con manos de soga y viento
la empuja al filo del alba,
donde el mar, hambriento y viejo,
le aguarda con dientes de espuma.
Las redes suspiran su hambre
mientras la barca se adentra,
corta el agua con su quilla
como un arado en la tierra.
El hombre y el mar se miden,
se retan, se reconocen.
Él lanza su fe en las aguas,
el mar le responde en golpes.
El frío le roe los huesos,
las manos son nudos de escarcha,
el viento le quiebra el aliento,
la noche le arranca la calma.
Pero aguanta, firme y callado,
pues sabe que el pan se gana.
Y al fin, la ofrenda reluce:
plata viva entre las redes,
brillo de escamas y burbujeo,
sudor que nutre a la gente.
Vuelve el hombre, vuelve el alba,
cansancio en la piel curtida.
Tira la barca a la orilla,
hacia el lugar donde ella dormita.
José Antonio Artés