Me perdono por el tiempo perdido,
por no soltar a tiempo, por no huir cuando era justo,
por no alzar la voz cuando el silencio me pesaba.
Me perdono por haberme quedado
y por haberme ido.
Me perdono por no soportarte más,
por no aguantar tus insultos, tu mal genio,
por no tener la fuerza de enfrentar tu agresión,
por callar cuando mis hijos debían escuchar mi voz.
Me perdono por ser solo un sustento,
por reducirme a un proveedor
cuando dentro de mí latía un hombre con sueños,
un hombre que quería más que solo sostener
lo que debía haberse sostenido solo.
Me perdono por mis miedos,
por mis debilidades,
por no saber romper las cadenas
cuando aún tenía fuerzas para hacerlo.
Me perdono por no haberte detenido,
por no impedir tus palabras hirientes hacia mis hijos,
por no haber sido el padre que quise ser,
por fallarles sin querer hacerlo.
Me perdono por los errores que no viste
y por los que inventaste,
por los fantasmas que creaste en tu mente
y por las batallas que peleaste sola.
Me perdono por no insistir en que fueras más,
por no empujarte a crecer,
por haberte dejado sin enseñarte a volar.
Me perdono por dejarte,
aunque el peso de esa decisión
todavía retumba en mis días.
Me perdono porque mi marcha fue mi única voz,
mi única forma de decirte
que la vida no es dependencia,
que amar es otra cosa.
Me perdono por mis caminos torcidos,
por no haber aprovechado oportunidades,
por no haber tomado la mano de mi padre
cuando aún podía enseñarme.
Me perdono por la distancia con mis hijos,
por no haberles explicado a tiempo,
por las palabras que nunca dije
y las que aún me cuesta decir.
Me perdono por creer que todo es culpa mía,
por no valorar lo que soy,
por no ver mis propias luces.
Me perdono por el miedo a saltar,
por no apostar por mis talentos,
por no creer lo suficiente en mis propias alas.
Y hoy, en este instante,
decido soltar todas mis culpas,
me abrazo en este perdón,
y avanzo.
JFAS 27-02-2025
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