Ya florecen los almendros;
sus copas rosa flirtean
con el viento, con el sol,
con el cielo y con la tierra.
Mi cuerpo vive su otoño
y mi amor su primavera;
siempre estará floreciendo
si tu savia lo alimenta.
Si estás conmigo, tu luz
a mis pupilas despierta,
y cuando te ven marchar
se duermen, y así te sueñan.
Hoy no estás aquí, a mi lado,
las rosas mustias se muestran,
y sin tus besos mi boca
es como una fuente seca.
Yo soy brújula sin norte,
nube gris, lágrima negra;
un ruiseñor que no trina,
carta sin ninguna letra.
Paseo por el jardín,
mis latidos se aceleran,
y un rojo y fuerte oleaje
va sacudiendo mis venas.
Veo tu hermosa figura
que por el puente se acerca;
siento el olor de las rosas,
hoy ya, lozanas y frescas.
Y me convierto en montaña
para que trepes cual hiedra,
y recorras mis caminos,
hasta conquistar mis selvas.
Ya florecen los almendros
con magnífica belleza,
y entre mi cuerpo y el tuyo
va floreciendo un poema.