Él fue una llama que bailó su nombre con donaire,
ella, un jardín que abrió para el eco su concierto,
Sus dedos trazaron versos como rutas en el aire,
mas su risa fue brisa que soplaba en el desierto.
El mar cargado de sus ansias, alto en notas de metal,
rompió en su orilla sus trovas como una marea sin huella.
Ella guardó las olas en un frasco reluciente de cristal,
creyendo que el tiempo no secaría jamás la estrella.
Él aprendió a navegar en el silencio que se llenó de miel,
tejiendo velas con hilos que se robó de cada invierno.
Su corazón, fue un árbol que se mudó de piel,
dejando caer de a pocos las hojas en un septiembre eterno.
Ahora ella busca entre los espejos guardados y rotos
el reflejo de un poema que el viento se llevó.
Él, luna llena en un cielo ya sin grietas,
no enciende los luceros donde ya nevó.
Lo que fue un incendio es ceniza que hoy acuna el viento,
un reloj de arena que olvidó su sed.
Ella nombra su ausencia en voz y en pensamiento,
él responde como un témpano de piel.
Ya no arden las sílabas en su garganta añeja,
ni la sangre late en clave de soneto.
Guarda un susurro de aquel fuego en leña vieja,
Y sus versos ahora son quietud, ya no alfabeto.
Ella, ahora es náufraga de un puerto que ignoró,
él, el faro que apagó su propio abrazo.
Se miran desde islas que el océano inventó:
Como dos países sin guerra, sin himno… y ya sin lazo.
@Marcos Reyes Fuentes. Cusco . 06.03.2025 Todos los versos reservados, incluyendo el silencio entre ellos.