JUSTO ALDÚ

OBSESIÓN

El deseo cuando se convierte en obsesión consume hasta los cimientos de la razón. Ella lo sabía, pero no podía evitarlo. Desde la primera vez que lo vio, su vida giraba en torno a él. Lo seguía en silencio cuando salía de la oficina, lo observaba desde la distancia cuando corría por el parque, y se inventaba excusas para llamarlo con frecuencia.

Ana era joven, hermosa y con una carrera prometedora. Todo el mundo hablaba de su talento y futuro brillante, pero ella solo tenía una meta: él. Gabriel, su razón de ser, su amor imposible. Un hombre casado, un esposo fiel que, a pesar de ceder a la tentación, nunca dejaría a su familia.

Cuando finalmente logró tenerlo, aunque fuera en la clandestinidad de un amor prohibido, pensó que era suficiente al complacerlo de rodillas una y otra vez, esperando ser más de lo que vivía en casa, pero el engaño nunca sacia, solo despierta una sed insaciable. Gabriel se alejaba cada vez más, culpándose, queriendo cerrar esa historia antes de que lo consumiera.

 

-No puedo seguir con esto, Ana. Tengo una familia y nunca los dejaré. Le dijo una noche, con una mezcla de culpa y firmeza en su voz, apartandola de su entrepierna.

 

El rechazo la enloqueció. Si no podía tenerlo, nadie lo tendría. En su mente, él le pertenecía. No iba a permitir que se alejase sin consecuencias. La idea de su traición la torturaba, la devoraba por dentro. Comenzó a planear su venganza con frialdad. Estudió cada detalle, cada posibilidad. Sabía que él no sospecharía de ella.

Una noche, lo invitó a encontrarse una última vez.

 

-\"Solo un brindis, para despedirnos bien\", le dijo con una sonrisa seductora.

 

Gabriel, confiado, accedió. En un rincón apartado de un bar discreto, Ana sacó un pequeño frasco y vertió el contenido en su copa sin que él se percatara. Levantó la suya con una sonrisa, brindando por los momentos que compartieron. Pero el destino, en un juego cruel, hizo que en un descuido, tomara la copa equivocada.

El líquido ardiente bajó por su garganta. Al principio no sintió nada, pero en segundos, su cuerpo se tensó, su visión se nubló y el mundo comenzó a girar. Gabriel, horrorizado, intentó ayudarla, pero era demasiado tarde. Ana cayó al suelo, con los ojos desorbitados y el rostro marcado por la sorpresa y el terror.

Lo que planeó como una venganza perfecta se convirtió en su propia condena. Esa obsesión la había consumido hasta el final. Y allí, en medio de la confusión del bar, mientras Gabriel temblaba de miedo, Ana exhaló su último suspiro, llevándose consigo su amor desquiciado y su trágica ironía.

Gabriel fue detenido y espera juicio. Su familia al igual que la de Ana, destrozada.

El amor, cuando se convierte en locura, no deja sobrevivientes.

 

***Hay que evitar hasta donde sea posible las relaciones tóxicas.

JUSTO ALDU

Panameño

Derechos reservados. / marzo 2025