De plomo y ceniza se forja su estampa,
con lengua de acero y alma sin patria.
No teme a la sombra, no carga un emblema,
pues sabe que el oro jamás tiene pena.
Las armas despiertan, la muerte trabaja,
y él, con sonrisa, les vende su espada.
No lucha, no sangra, no cae en la guerra,
mas siembra el incendio donde halla riqueza.
Los niños disparan, los hombres se pudren,
las madres suplican, las balas discuten.
El hambre se calla con pólvora y muerte,
y el mundo lo escucha… pero sigue inerte.
Los reyes lo buscan, las leyes lo absuelven,
pues todo conflicto le llena las sienes.
No hay patria que importe, no hay dios que lo asuste,
su fe es la guerra… y el caos lo nutre.
Escribe destinos con cifras y pólvora,
su pluma es un rifle, su tinta, discordia.
No jura banderas, no besa los credos,
su ley es el dólar, su verbo es el miedo.
Y cuando un imperio se quiebra en su peso,
él ya ha preparado su nuevo congreso.
Levanta tiranos, financia traidores,
se sienta en la sombra y reparte horrores.
Pero al filo del tiempo, en noches calladas,
los ecos de gritos le queman el alma.
Y aunque su poder a los jueces doblega,
no hay sombra que escape de su propia guerra.
Sus ojos de hielo reflejan su pena,
pues sabe que un día su hora se acerca.
La muerte no compra, no firma papeles,
y llega implacable… sin hacerle ofertas.