Nos venden excelencia con letras doradas,
con aulas brillantes y un precio inflado.
Pero si un niño piensa, si un niño pregunta,
la puerta de salida ya está anotada.
La excelencia no es traje ni un lema pulido,
ni un muro cubierto de frases de honor.
Es mente que duda, es puño que rompe,
es alguien que mira más allá del guion.
Pero el padre no quiere dolores de cabeza,
el maestro no quiere arriesgar su piel.
Y así la excelencia es solo un fantasma,
un truco barato que saben vender.