JUSTO ALDÚ

DONALD, EL MITÓMANO

Desde muy pequeño, Donald aprendía que la verdad era maleable. Su madre, una mujer con aires de grandeza, le inculcó que debía aparentar lo que no era. \"Somos una familia distinguida\", repetía ella, a pesar de que su padre pasaba días enteros intentando conseguir dinero para pagar las cuentas y la comida no siempre era suficiente. En la escuela, Donald presumía ante sus compañeros: hablaba de viajes inexistentes, de cenas en lujosos restaurantes, de un padre exitoso con conexiones influyentes.

La fantasía se volvió su refugio. Mientras más repetía sus historias, más las creía. Sus compañeros comenzaron a dudar, pero Donald siempre encontraba la manera de adornar sus mentiras con nuevos detalles, como un ilusionista que rehace el truco cada vez que es descubierto.

Al crecer, la costumbre se convirtió en un mecanismo de supervivencia. Se rodeó de personas a quienes podía impresionar con cuentos de negocios prósperos y contactos importantes. Creía firmemente que, si lograba convencer a los demás, el mundo le devolvería esa versión mejorada de sí mismo. Pero la realidad era otra: trabajos mediocres, deudas acumulándose y promesas incumplidas.

El momento de la verdad llegó cuando, tras una reunión laboral, uno de sus socios lo confrontó.

 

-\"Donald, todo lo que dices es mentira. No tienes ninguna empresa, ningún contacto. Solo hablas de castillos en el aire\". Fue como una bofetada.

De repente, las paredes de su mundo ficticio se derrumbaron. Se sintió desnudo ante la realidad que había evitado por décadas. La presión social, el desprecio de quienes lo descubrieron, y la vergüenza de su propio engaño lo sumieron en una profunda depresión.

Los días se volvieron insostenibles. Su mente, habituada a huir de la verdad, no soportaba el peso de enfrentarla. Finalmente, en un intento desesperado por escapar, intentó quitarse la vida. Fue internado en un nosocomio, donde los médicos lo vigilan con recelo. Sale esporádicamente con permiso supervisado, pues sus impulsos autodestructivos aún lo acechan.

Ahora, sentado en una habitación de paredes blancas, sin nada más que el reflejo de su propia imagen en un espejo opaco, se pregunta quién es realmente. Sin las mentiras, sin las fantasías, sin el Donald que inventó para los demás, solo queda un hombre perdido en la sombra de su propia historia.

PD.: La imagen fue extraída de internet solo ilustra el relato. No guarda relación con él.

JUSTO ALDÚ

Panameño

Derechos reservados / marzo 2025