De tantas palabras que callo,
hago un río que te nombra,
un puñado de estrellas
que esperan en la palma de mi mano.
Eres la flor que el alba despierta,
el fulgor que incendia la brisa,
un secreto escrito en la piel del día,
una huella de luz en mi sombra.
Si el cielo cayera en mi pecho,
lo alzaría hasta tu mirada,
te vestiría de constelaciones
para que el mundo aprenda a mirarte.
Estas letras son tuyas,
como el aire que sostiene al fuego,
como el tiempo que juega en tu voz.
Léelas con los ojos cerrados,
déjalas latir en tu alma,
como un eco,
como un sol que no se apaga.