El manto de la noche es el arrobo que nos queda,
Atrás, en la estación, quedaron los hijos,
Nuestras primeras cerezas,
Y más atrás, la primera sangre, el rubor,
la carne trémula.
Ahora, me das la espalda por ver si consigo atraparte, y, aunque los huesos regalen alfileres punzantes,
Como el cerezo sin hijos, presiento las flores
Abundantes.
Y aunque de nuestros diccionarios hayan borrado la palabra: mañana.
Aún así,
Quiero que sigas siendo la parte más musical de mis ramas,
Mi canto,
Mi vuelo,
Mi sábana.