Oh, néctar supremo que vierte tu boca,
rocío dorado que embriaga mi ser,
me ofreces tus labios en copa de alondra,
y en tu aliento exhalo mi dulce placer.
Qué magna condena, qué justa tortura,
ser reo en las sombras de tu corazón,
prendido en tus redes, sin voz ni armadura,
mas loco y dichoso en mi sumisión.
Tu hálito es brisa que invade mi entraña,
tu risa, mi génesis, mi epílogo cruel,
y bebo en tus ojos la luz que me baña,
peregrino eterno en tu amanecer.
Ah, qué desdicha, vivirte y amarte,
morir en tu pecho, nacer en tu piel,
ser todo en tu todo, perderme al hallarte,
soñando que un día te canses también.
Mas callo y sonrío, es dicha el abismo,
si muero en tu abrazo, bendito final,
y si en esta égida de absurdo espejismo
me nombras tu dueño… te dejo reinar.