Cae la noche,
Solo quedan despiertos algunos soñadores,
permanece desnuda hasta el amanecer,
cuando la luz emerge,
le inventan una nueva piel,
le inventan una nueva ilusión,
así sus vestidos un deseo continuo,
que se escapa cada anochecer.
Una gaviota se detiene
sobre un semáforo:
“Eres la imagen del ahora,
las vestimentas que todos buscan,
para su cuerpo pasajero.”
La ciudad persigue
el espejismo soñado.
Así, la fugacidad es el vuelo
de lo vivido y el olvido.
Todos la miran al maniquí,
admiran los fugaz,
mañana su vestido no estará.
Observa el flujo del deseo,
el dialogo entre lo ilusorio,
y la admiración instantánea.
El maniquí no responde,
no elige, no pregunta.
espera cada día su transformación,
en el escaparate la tentación
de lo que no permanece.
El consentimiento es la seducción,
el consentimiento de lo ilusorio.
del habitante fugaz que se busca
en la moda, pero olvida el regreso.
Cada día con vestimentas nuevas,
simulando un ser humano,
pero permanece sin alma,
como un objeto,
testigo de una burbuja del deseo.
\"Eres el espejo del rostro fugaz
de los habitantes de la ciudad.”
Le susurraban las monedas.
\"Eres la admiración de lo pasajero.\"
Le susurraba el deseo fugaz.
El maniquí no se inmutó,
no sabe del deseo,
ajeno a la fiebre que despierta,
y la fugacidad de la codicia.
Una gaviota pregunta:
¿Con que vestimenta cubres tu alma?
¿Acaso tu identidad es también moda?
La respuesta esta en la reflexión interior,
donde nada cambia,
y la identidad un hilo infinito.