El tiempo camina con pies de plomo,
arrastra segundos como si fueran cadenas.
Las manecillas del reloj danzan sin prisa,
pero su eco se siente en los huesos.
A veces, miro al cielo
y me pregunto cuántos amaneceres
han visto las mismas nubes que hoy flotan,
cuántos ojos las han mirado
con la misma mezcla de asombro y nostalgia.
Los días se deslizan como agua entre los dedos,
dejando solo el rastro de lo que fuimos,
de lo que nunca dijimos,
de las promesas que el viento borró
antes de que fueran palabras completas.
Los recuerdos pesan en la espalda,
como hojas húmedas que se adhieren a la piel.
Algunas son dulces,
susurran risas en medio del silencio.
Otras duelen,
clavan su filo en lo más hondo
y dejan cicatrices invisibles.
Pero sigo caminando,
aunque el pasado tire de los pies,
aunque el futuro sea un mar de incertidumbre.
Porque cada paso,
cada aliento,
es una historia más que el tiempo se llevará,
pero que alguna vez fue mía.