Ochenta y siete otoños,
hojas caídas de una fuerza ancestral.
Tus manos, ríos de arrugas,
mapas de historias, de amor sin igual.
En tu vientre, un eco,
mi llanto primero, tu sonrisa después.
La vida, un milagro,
brota entre dolores, esperanzas, y fe.
Hoy, la vejez te abraza,
sombra tenue, cansancio en la piel.
Pero tus ojos, luceros,
guardan el brillo de un amanecer.
Madre, mi roca, mi raíz,
tu amor, un faro en la oscuridad.
A Dios le pido, en silencio,
que te arrope con su inmensidad.
Que cada suspiro sea suave,
que el dolor se disuelva en la brisa.
Que tu amor, cuál paloma blanca,
vuele libre, sin prisa.
Eres mi refugio, mi canción,
el latido eterno de mi corazón.
Y en esta poesía, te entrego,
mi amor, mi cuidado, mi dulce anhelo.
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