Las calles dormidas, los parques callados,
no hay huellas de niños sobre el humedal.
Los columpios chirrían su soledad vieja,
las risas se han ido a otro lugar.
No hay charcos de barro, no hay manos heridas,
no hay ecos de un gol en la cancha sin sol.
Solo pupilas fijas en luces azules,
dedos que juegan sin levantar.
Viven en mundos de píxeles muertos,
sin raspones, sin viento, sin imaginación.
Porque jugar es un arte que pocos recuerdan,
pero es más fácil ver una pantalla en acción.