Dicen que en una ciudad donde las calles están desiertas,
donde el tiempo avanza pero las sonrisas son escasas,
habita un hombre de mirada cansada,
un guardián de lo que otros han dejado atrás.
Su abrigo está hecho de versos marchitos,
su sombra entrelazada con viejas promesas,
y en sus bolsillos guarda plegarias
de almas que un día dejaron de soñar.
Él recoge deseos que el viento ha llevado,
pinturas a medio hacer, cartas sin final,
melodías que se apagaron en labios temblorosos,
bailes que nunca llegaron a ser.
A veces, en noches de lluvia y melancolía,
se sienta en la plaza con un cuaderno en mano,
y escribe los sueños que encuentra en las sombras,
esperando que alguien los aprecie de nuevo.
Pero el mundo no mira, el mundo no escucha,
corren sin tomarse el tiempo de ver
que en un banco de piedra, con manos cubiertas de tinta,
hay un hombre soñando por ellos también.