Hoy vengo al entierro ajeno,
no con flores ni rezos sinceros,
sino con esta pluma que araña,
como epitafio en mármol negro.
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Aquí yace el que ladraba sombras,
el que tejía versos huecos,
el que en cada alusión buscaba
levantar polvo sin suelo.
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No lloro, no visto luto,
la muerte solo reconoce a grandes;
y él fue sombra sin linaje,
poesía de hojalata, sin sangre.
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Forjaba ataques cobardes,
con palabras prestadas al viento,
como quien lanza cuchillos
sin filo, sin peso, sin dueño.
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Hoy descanso yo, no él,
porque para morir hace falta vida,
y su poesía nació muerta,
bastarda, huérfana, consumida.
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No guardo rencor, ni rabia,
sería darle valor a cenizas;
más bien dejo que el olvido
le vista con mortaja tibia.
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Descansa, sin trono ni corte,
sin verbo que resista,
que aquí no hay duelo ni nombre
para quien no deja herida.
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Vi tus palabras, frágiles, flotando,
como pompas sin aire ni centro;
eran ecos del eco ajeno,
trajes prestados sin cuerpo.
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Jugaste a poeta sin peso,
con versos que nadie reclama;
como el bufón que en la corte
se burla, pero nunca se gana.
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Yo no bajo la espada por farsas,
ni alzo la voz por fantasmas,
mi pluma no sangra por nada
que no merezca batalla.
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¿Acaso no sabes, pobre sombra,
que el verso es hijo del fuego,
y quien escribe sin quemarse
se condena al frío eterno?
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Aquí firmo tu epitafio sin pena,
con tinta más densa que sangre;
porque un verso que no tiene linaje
es solo un cadáver sin carne.
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Y si en el juicio final del verso
se pidieran las almas escritas,
la del tal “?” no haría falta juzgarla…
porque ni el Diablo la admite en sus filas.
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Así, en la orilla del río Estigia,
donde Karonte no otorga pase,
tu alma quedará suspendida,
ni luz ni sombra, ni sombra ni sangre.
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Y si alguna vez el Hades decidiera
recoger almas de esta guerra,
tus versos, vacíos, se disolverían
como el grito de un dios olvidado.
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Al final, serás olvido,
como un sueño que nunca fue;
y yo, en el campo de la poesía,
levantaré mi espada con el filo de la verdad.
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Así cierro, sin brindis ni aplausos,
solo el silencio del que ha vencido.
Que quien no deja cicatriz ni sombra
nunca mereció ser enemigo.
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