En un susurro nació la tormenta,
una palabra torcida en la brisa,
se rompió el hilo de la confianza,
dejando solo sombra y ceniza.
No fue un grito, no fue un golpe,
solo un eco malinterpretado,
un reflejo en agua inquieta
que deformó lo antes sagrado.
Te miré buscando respuestas,
pero hallé un muro en tu mirada,
el silencio fue el filo oculto
que abrió heridas no esperadas.
Y así pasaron días y noches,
con el orgullo de centinela,
dos almas que antes reían,
ahora distantes en su pena.
Pero el tiempo, sabio en su paso,
me hizo ver con ojos distintos,
no fue traición, no fue desprecio,
solo un mensaje mal visto.
Si tan solo la calma reinara,
si las palabras pesaran menos,
si la verdad no se ahogara
en juicios rápidos y ciegos.
Hoy extiendo la mano al viento,
pues aprendí de esta lección:
un malentendido separa almas,
pero la reflexión las vuelve unión.