Éramos fuego, ardíamos juntos,
pero en mi piel dejaste luto.
Promesas huecas, besos vacíos,
un eco oscuro en mis latidos.
Me llamabas tuya, como un tesoro,
pero en tus manos fui solo un coro
de gritos ahogados, de miedo y frío,
de noches rotas sin un abrigo.
Tus palabras fueron jaulas de espinas,
me hicieron creer que era yo la herida,
que merecía tu rabia, tu peso, tu ira,
que el amor dolía… y así debía.
Y cuando mis alas ya no podían,
cuando mi reflejo en sombras yacía,
te fuiste dejando mi alma vacía,
como un susurro que el viento olvida.
Nadie me espera, nadie me mira,
mi voz se ahoga, mi cuerpo suspira.
El mundo sigue, mas yo me pierdo
en un mar hondo de miedo eterno.
Pero en las ruinas de lo que fui,
una chispa arde, muy dentro de mí.
Tal vez un día, sin miedo, sin prisa,
volveré a ser yo… sin ser ceniza