Aristóteles susurra con desgana:
“No digas, no hagas, no seas nadie,
así evitarás la daga cobarde
de bocas que disparan sin mañana.”
Qué cómodo el consejo del prudente,
caminar por la vida con sigilo,
sin alzar la voz ni arriesgar el brillo
por miedo al juicio cruel de la gente.
Calla, obedece, encoge la estatura,
vuélvete sombra, espectro sin pecado,
un fantasma pulcro, bien adaptado,
que no incomoda ni deja fisura.
Pero dime, maestro del equilibrio,
¿qué virtud hay en ser puro vacío?
¿De qué sirve esquivar el desafío
si el precio es vivir como un exilio?
Prefiero el grito, la acción, el exceso,
la lengua afilada, el paso torcido,
ser criticado, odiado, maldecido,
antes que extinguirme sin un proceso.
Que hablen, que ladren, que el lodo revienten,
¿qué importa el ruido de almas pequeñas?
Sólo tropieza aquel que deja huellas,
y el que no es nadie… tampoco es gente.