María Guadalupe Cruz Guerrero

Y llegaste tú...

Y llegaste tú...

Pequeño mío, eres sólo un latido en mis latidos,

casi imposible, mil veces increíble, 

un deseo del corazón, una espera con ilusión,

desconocido, pero cierto.

 

Sólo imaginar tus ojos, tu boca, tu sonrisa,

me atrapan e inmovilizan,

maravillada me deja la creación,

tú y yo juntos en un torrente rojo de amor,

con el que alimento día a día, lentamente tu corazón.

 

Mi cuerpo desvanece, para fortalecerte…

¡Llegó el día!, el día, en que la luz se abre a tus ojos,

el aire te reconforta y tus primeras lágrimas,

me dicen, en un incesante llanto, que estás aquí.

 

Ya estás aquí, pequeñito mío, alimentando mis sentidos,

cada instante, hoy y siempre, travieso y alegre, de mente brillante,

creativo seguramente, provocando sonrisas, a tu paso, cada instante.  

 

Deseándote feliz y bondadoso, sano y generoso,

que a tu paso dejes huellas de amor,

dando y recibiendo, en ese orden se encaminará tu vida,

ser, hacer y tener, que tu alma así lo viva.

 

Y por derecho divino, que la gracia Dios y su luz,

siempre sean tu camino...