David H. Rosales

Poeta a escondidas

Este silencio no me pertenece a mí,
sino a las noches de breve reposo
y cansancio interminable,
a la muerte de cada día
y la resurrección de todas las mañanas,
a los órganos que esperan la jubilación
bajo la cuadriculada camisa del burócrata,
a la espera de la hora en que terminan
las jornadas de pena sin gloria.

No, este silencio no es mío.
Si pongo el oído sobre mi vida,
escucharé una lumbre generosa o un infierno,
un corazón alertado por sus propias campanadas,
un mar que mis pensamientos han volcado
contra sí mismo y en cuya sangre navego
a la deriva como una tabla rescatada por las olas.

A pesar de lo que diga este silencio ajeno,
adentro se oye todavía crepitar el fuego,
galopar los latidos, chocar la marea lujuriosa,
porque aquí las palabras siguen volando huracanadas
y agitando llamas, bestias, oleajes
en su rumbo hacia el destino que algún sueño me concede.