El pitido del árbitro aún resonaba en su cabeza como una sentencia inapelable. El césped del estadio, iluminado por miles de reflectores, se sentía más pesado de lo normal bajo sus botines. Miraba sus manos temblorosas, en particular aquella que, en un instante fatal, había cambiado el destino de todo un país.
A lo largo de su carrera, había sido una muralla, una torre infranqueable, un defensor implacable en la Premier League y en la selección nacional de Panamá. Se había enfrentado a los mejores delanteros del mundo, y casi siempre había salido victorioso. Pero esta vez, en el minuto 89 de la final, con el marcador empatado, su instinto lo traicionó. Un centro al área, el delantero rival saltando, la pelota flotando en el aire y, en una fracción de segundo, su mano interponiéndose en la trayectoria del balón.
El árbitro no dudó. Penalti.
El rugido de la afición rival se mezcló con los gritos de desesperación de sus compañeros. Se llevó las manos a la cabeza, pero ya era tarde. El ejecutor del penal cobró con frialdad y fusiló la red. Panamá perdió la final.
El silbatazo final fue como un disparo en el alma. Su equipo cayó al suelo, algunos lloraban, otros miraban al vacío. Pero él no podía moverse. Sentía el peso del mundo sobre sus hombros. Mientras caminaba hacia el túnel, sus redes sociales explotaban con insultos. \"Vendiste el partido\", \"Nos robaste la gloria\", \"Lárgate del país\". Los mismos que antes lo idolatraban ahora lo condenaban sin piedad.
Las noches siguientes fueron un tormento. No podía dormir sin revivir la jugada una y otra vez. Las críticas lo sofocaban, los titulares lo señalaban como el villano. \"El hombre que le arrebató el sueño a Panamá\". Sentía la culpa hundiéndolo en un abismo del que no veía salida.
Sin embargo, al cabo de unos días, entre el ruido de la frustración y la ira de la gente, llegó la voz de quienes entendían. Exjugadores, entrenadores, compañeros y verdaderos aficionados le recordaban algo fundamental: el fútbol es un juego de errores y aciertos, y nadie es infalible.
Con el tiempo, comprendió que su error no definía su carrera. Era el mismo jugador que había dado todo por su equipo, que había defendido la camiseta con honor. Y aunque las críticas nunca desaparecerían del todo, aprendió que los verdaderos campeones no se miden por un solo momento, sino por la forma en que se levantan después de caer.
Porque al final, el fútbol y la vida tienen algo en común: los errores pueden doler, pero solo aquellos que siguen adelante alcanzan la gloria.
JUSTO ALDÚ
Panameño
Derechos reservados / marzo 2025