Juventud, divino tesoro, fugaz como el brillo del alba,
te llevaste los días sin peso, las risas sin prisas, las almas en calma.
Eran días de amores y desengaños, de sueños tallados en promesas,
cuando los amigos no eran solo compañeros, sino hermanos sin fronteras.
Horas y horas en charlas sin final,
bajo cielos de estrellas que escuchaban nuestro cantar.
Complicidad tejida en secretos y aventuras,
como un tejido inmortal que la nostalgia asegura.
Hoy miro atrás con un suspiro profundo,
añorando ese rincón del mundo,
donde las risas eran ecos eternos,
y los lazos se estrechaban, auténticos y ciertos.
Treinta años han pasado, pero el corazón se aferra,
a los días de juventud, cuando la vida era tierra fértil y sincera.
En el alma guardo cada risa, cada lágrima compartida,
porque en ese pasado, encontré la esencia de la vida.