Nunca me ha gustado jugar con la mente de nadie, pero entiendo que hay cosas difíciles de explicar. Hay momentos en que la realidad y la ficción se mezclan de formas inquietantes, y yo, Héctor Varela, escritor de novelas de suspenso, estoy atrapado en uno de esos momentos.
Mi carrera está en decadencia. Mi última novela fue un fracaso y mi editor me ha dado un ultimátum: necesito una historia impactante si quiero salvar mi reputación. Desesperado, una noche de insomnio me siento frente a la computadora y comienzo a escribir. Las palabras fluyen con una facilidad escalofriante. Creo una historia sobre un asesino meticuloso que comete el crimen perfecto: estrangula a una mujer en su departamento y deja una pista aparentemente sin sentido. Es un capítulo crudo, detallado, como si lo estuviera viendo en mi mente con una claridad espeluznante.
A la mañana siguiente, el periódico me recibe con un titular perturbador: una mujer ha sido estrangulada en su departamento. Los detalles son idénticos a los que escribí horas antes. Al principio, pienso que es una macabra coincidencia. Pero cuando, días después, otro crimen ocurre con la misma firma que describí en mi segundo capítulo, mi incredulidad se transforma en pánico.
Entonces llega la policía. Me buscan porque alguien, de manera anónima, ha denunciado que los asesinatos coinciden con lo que he estado escribiendo. ¿Quién pudo haber leído mi manuscrito? Mi editor aún no lo tiene. No lo he compartido con nadie. No tienen pruebas concretas para acusarme, pero me advierten que me vigilarán de cerca. No duermo esa noche. Me prometo a mí mismo que no escribiré ni una palabra más.
Pero a la mañana siguiente, la pantalla de mi computadora me recibe con más páginas escritas. No recuerdo haberlas tecleado. No recuerdo haber estado despierto. Y, sin embargo, ahí está el tercer capítulo, perfectamente redactado. En él, el asesino deja una marca especial en la escena del crimen. Días después, las noticias informan que un nuevo cadáver ha sido hallado con la misma marca. Mi miedo se convierte en terror absoluto.
Comienzo a investigar. Descubro que las víctimas no son al azar. Todas están relacionadas con un incidente de mi pasado que había tratado de olvidar. Una traición. Un secreto enterrado. Pero ¿quién está detrás de esto? ¿Acaso alguien está usando mis escritos como un guion para sus crímenes? ¿O hay algo en mi mente que se escapa de mi control?
El punto culminante llega cuando abro el documento y leo el capítulo final: mi propio asesinato. Está descrito con la misma precisión con la que describí los otros crímenes. La fecha en la historia coincide con el día de hoy. Miro el reloj. El tiempo se agota.
¿He sido víctima de una conspiración? ¿O soy yo el asesino suicida sin saberlo? Me aferro a mi cordura, pero en el fondo, la duda se instala como una sombra oscura.
Alguien toca la puerta. Y el miedo me paraliza. ¿Es la policía? ¿Es el asesino? ¿O es, después de todo, mi propia mente que ha llegado a consumar su obra final?
JUSTO ALDÚ
Panameño
Derechos reservados / marzo 2025.