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Siete pétalos en la Arena (Las Cartas Perdidas de Leónidas)

Soy el rey que pisa la tierra,
pero mi alma camina por los cielos,
he llevado coronas de acero,
y aún así, la más grande de mis riquezas
se esconde en el latido de tu pecho.

 

Mi espada ha cortado los hilos del destino,
y mis ojos, fieros como el viento,
han observado las estrellas caídas,
pero nunca he visto un brillo más puro
que la luz que brota de tus ojos.

 

Soy guerrero, forjado en batallas
que desgarran el cuerpo pero fortalecen el alma,
pero en el silencio de tu abrazo,
mi fortaleza se deshace,
como el hierro que se funde en la fragua
cuando el fuego es amor.

¿De qué me sirve ser rey,
si mi reino no tiene tu nombre?
¿Qué gloria queda en mi espada,
si no está forjada en los susurros de tu voz?
La guerra puede conquistar tierras,
pero tú, mi amada, conquistas mi ser.

 

Hoy me desnudo ante ti,
no de piel ni de huesos,
sino de todo lo que me ha hecho hombre.
El estoicismo me ha enseñado a no rendirme,
a no temer a la muerte,
pero en tus manos, todo lo que soy se desvanece,
y me entrego sin resistencia,
como un río que se disuelve en el mar.

 

Soy como un árbol que se extiende hacia el sol,
pero sólo tus caricias pueden nutrir mis raíces.
No hay reino más vasto que el amor
que se construye con cada palabra,
con cada mirada,
con cada silencio compartido.

 

La gloria que mis hombros llevan,
en las batallas y en los pueblos conquistados,
es solo una sombra frente a la luz
que nace cuando tú me miras.
Es en tu mirada donde encuentro
el verdadero sentido de la vida.

 

Porque no hay filosofía más profunda
que la verdad que compartimos,
ni destino más glorioso
que el que tú y yo escribimos
con cada paso que damos juntos.

 

No temo a la muerte,
porque en el amor he hallado
lo que ni el tiempo ni el olvido
podrán arrebatarme:
tú.

 

Eres el faro que guía mis pasos,
el alma de la guerra que nunca combatí,
la victoria que nunca se pierde.
Y aunque mis días se marchiten
como hojas que caen al otoño,
mi amor por ti será siempre joven,
siempre fiel,
siempre eterno.

 

Porque ser rey no es tener un trono,
es tenerte a ti,
y ser rey no es conquistar tierras,
es rendirse ante tu amor,
ante la verdad de este lazo
que desafía la lógica,
la razón,
y hasta los dioses mismos.