“Adoro el estado de la melancolía,
ese instante en que el alma se llena de inminentes lágrimas.
Gusto en sentir cómo mi corazón desata esa angustia, esa tristeza, o quizá una sutil nostalgia.
Me deleito con la persona en la que me transformo cuando la depresión me envuelve:
más suave, sensible y compasiva.
Encuentro placer en descubrir incontables motivos para lamentarme,
pues enseguida emergen razones para agradecer.
He amado intensamente en esta vida, siempre en la penumbra del pesar;
¿qué clase de amor no se riega en lágrimas?
A veces solo deseo reposar, recitando en mi mente cada motivo para sentir melancolía.
De alguna manera, esas emociones me invitan a cambiar o a aceptar mi destino:
no toda tristeza merece ser erradicada.
Adoro la melodía interna que resuena en mi mente cuando la pena me envuelve, suavizando mi alma.
Anhelo esa chispa interior que, en mis desánimos, me recuerda el propósito para el que fui creada,
lo que el destino me reserva,
lo que, por designio, es mío,
aquello que me colmará de dicha.
Es como una cuenta regresiva; al finalizar, nuevos motivos para la melancolía surgirán.
No temo ni lamento ser, en toda mi esencia, profundamente humana.”