Hay cosas que mejor es dejarlas tal y como las encontramos, historias que mejor es no contarlas, quizá porque nadie las creería, pero siempre hay un curioso, alguien que juega al detective que piensa que todo tiene una explicación.
El periodista Gabriel Cárdenas llega a una región montañosa siguiendo una historia que ha circulado en susurros entre los pueblos cercanos: un caserío llamado Pajonal desaparece cada año durante una noche y, al amanecer, nadie recuerda que existió. Solo quedan los senderos que conducen a un terreno vacío y los relatos de algunos ancianos que aseguran haber estado allí… aunque no pueden precisar cuándo.
Gabriel empieza su investigación en el pueblo vecino de San Roque, donde conversa con los lugareños en una cantina de adobe con sillas desvencijadas y el aroma de café fuerte impregnando el aire. La luz de los candiles titila en las paredes agrietadas, proyectando sombras que parecen moverse por voluntad propia.
—\"Mire, joven, yo no sé por qué anda averiguando esas cosas\", dice don Eusebio, un viejo campesino con las manos curtidas por el trabajo en el campo. \"Pajonal no existe… o mejor dicho, no debería existir.\"
—\"Pero usted ha oído de él, ¿no?\" —insiste Gabriel, encendiendo su grabadora.
—\"Oído sí, y hasta lo he visto… pero al otro día, ya no está. Como si la tierra se lo tragara. Y lo peor es que la gente que lo habitaba… no se acuerda de nada.\"
Otro hombre, Tomás, se acerca al periodista, su mirada cargada de temor:
—\"Yo vendía queso allá hace años. Una vez, me quedé hasta tarde y cuando desperté… todo era monte. Ni rastro de casas ni de caminos. Corrí a San Roque y juré no volver. Porque el que se queda en Pajonal… cambia.\"
Gabriel sigue las pocas pistas que consigue y, tras cruzar la sierra en una noche de luna nueva, encuentra el pueblo. Pajonal parece normal: casas de bahareque con techos de palma, una plaza con una iglesia pequeña de paredes blanqueadas con cal, niños jugando en las calles de tierra mientras el viento arrastra el aroma dulce de las cañas de azúcar. Pero algo no encaja. Las personas lo miran como si supieran quién es, aunque él nunca ha estado allí.
Cercano a un cañaveral, una joven de profundos ojos grises que contrastan con su cabello azabache se acerca a él. Su sonrisa es coqueta, casi cómplice.
—\"Usted no es de aquí, ¿verdad?\" —dice en un tono dulce pero misterioso.
—\"No, estoy de paso. Busco conocer más sobre este lugar.\" —responde Gabriel.
Ella ríe suavemente y le toma la mano. Antes de despedirse, desata de su muñeca una pulsera de hilo trenzado con pequeños dijes de cobre y se la coloca a Gabriel.
—\"Para que no nos olvide.\" —susurra antes de perderse entre los cañaverales.
Esa noche, Gabriel se hospeda en una posada y despierta al alba con un dolor de cabeza. Sale a la calle y su estómago se revuelve: el pueblo ha desaparecido. Solo hay un terreno cubierto de pajonales, sin huellas de las casas, la iglesia o la gente.
Corre de vuelta a San Roque, pero al llegar, nadie lo reconoce. Pregunta por Pajonal y los mismos campesinos que le hablaron la noche anterior ahora lo miran con extrañeza.
—\"¿Pajonal? Aquí no hay ningún Pajonal, amigo. Nunca ha habido.\"
Gabriel revisa su grabadora y su libreta. Todo está en blanco.
Pero hay algo más… su reflejo en un charco le parece diferente. Su piel está más morena. Sus manos, más ásperas. Y su ropa huele a humo de fogón… igual que la de los campesinos.
Y en su muñeca… sigue la pulsera de la joven de ojos grises. Extrañado busca refugio y se acuesta. Al despertar se encuentra nuevamente en Pajonal haciendo exactamente lo mismo, pasan los días exactamente iguales a los anteriores. Mira al cielo y deja escapar un grito escalofriante \"Nooooooo\"
Ahora es parte del pueblo que nunca existió.
JUSTO ALDU
Panameño
Derechos reservados / marzo 2025