Sertralina, Venlafaxina,
un idioma de sílabas secas,
tabletas alineadas como ejércitos
contra un enemigo sin rostro.
Citalopram, Mirtazapina,
la química y el abismo
bailan un vals en el cerebro,
pero a veces el ritmo
es un vaivén de insomnio
o un derrumbe de emociones.
Fluoxetine, Duloxetine,
dicen que alivian el peso del mundo,
pero a veces solo amortiguan
el golpe de existir.
Seroquel, Lamictal, Lexapro...
en cada nombre
un intento de equilibrio,
una promesa escrita en prospectos,
tallada en noches en vela
y mañanas demasiado largas.
No es un capricho,
no es debilidad.
Es un reloj descompuesto
que a veces avanza demasiado rápido
y a veces se detiene en un segundo eterno.
Es el miedo de no saber
si una risa fue sincera
o si un silencio
esconde un cuchillo.
Es la duda clavada en la piel,
el insomnio preguntando en bucle:
¿Molesto? ¿Me quieren? ¿Me fui demasiado lejos?
Y la mente responde con puñales disfrazados de cuchicheos
que se clavan en los huesos.
Pero no es solo la mente,
el cuerpo también calla su protesta:
hambres que se evaporan,
sueños que se pudren en la almohada,
latidos que a veces se olvidan
de su propia cadencia.
Entonces, una pastilla.
Una pausa.
Un respiro.
No es una solución,
pero es un puente,
una tregua en la batalla.
No pidas que lo entiendan,
pide que lo acepten.
Que sean brazos y no juicios,
miradas limpias de sospecha,
presencias que no exigen explicaciones.
Porque no todo es com
o parece,
y a veces, lo más humano
es solo estar.