Manuel A Gonzalez P

De donde vine

Del barro soy, y al barro he de volver,
no como castigo, sino como alivio.
Viví como un huésped, con alma de invierno,
sin saber si era sueño, condena o delirio.

Tallé mil estatuas con manos desnudas,
infundí mi aliento en formas ajenas.
Y al darme completo a causas tan mudas,
quedé sin reflejo, ahogado en mis penas.

Hoy ando sin prisa, sin fe ni consuelo,
no por derrota, sino por hastío.
He visto sonrisas teñidas de hielo
y palabras muertas flotando en vacío.

¿Será el Señor piadoso con mi arcilla?
¿Tendrá compasión del que cae y se arrastra?
Yo fui una chispa envuelta en neblina,
una luz que ardía, pero nunca bastaba.

Mi madre forjó en mí un alma templada,
con rezos, silencios y gestos sinceros.
Mas nací en la hora más equivocada,
donde el bien se extingue entre rostros de hierro.

Y si la muerte viene, que venga en descanso,
no con frío juicio ni voz que reprime.
Que mande a su ángel y me tome del brazo,
dejando mi huella tan pequeña y sublime.