Qué sabré yo del amar, si soy aquella que siempre caminó descalza a los pies del arco iris. Qué sabré, si cambié las cicatrices por tatuajes para intentar borrar las heridas. Amarrada a mi silencio y con la mirada lejana, mis sueños trepan como remolinos de hiedra que se elevan contra toda lógica e insisten en envolver mi ventana.
Qué sabré yo del fuego que arde en los pensamientos, del hambre insaciable, del cuerpo y el alma revueltos entre las sábanas, del deseo ardido tantas veces, tantas noches… Qué sabré yo si alguna vez dejé huella en un sentimiento, en alguna piel, o no fui más que una historia leída en diagonal, olvidable, olvidada.
El tiempo, impasible, se escurre día a día entre las manos. Tanto que ni recordar ni olvidar merece el esfuerzo. Tanto, que no quiero pensar en el «qué sabré yo de lo que me ha quedado por sentir», porque eso, eso… es lo que realmente duele.
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