Flotante en el endecasílabo de tus párpados camafeos,
lexicalizas la mampara del tiempo sericígeno:
una manivela paleteada, delinea álgebra en el aire salival.
Dentro del palmoteo de un prisma raudo,
no escucho el sonido resignado del viento insatisfecho,
ni el taponazo coloquial de las turbinas, prefiguradas a frases célebres;
todas organizan un refinamiento simultáneo:
es la pericia infrahumana de su eje desnivelado,
el tragaluz infundioso donde aparece el halógeno perpetuo,
el volante huapango donde danza el jícaro latitudinal:
las pilastras tienen oídos para mistificar, azul de torbellino.
Rumias en la glicerina olivácea,
en el receptáculo ovulatorio de luz pachanguera,
que protesta cuando no le otorgas
alas patituertas para volar en la oscuridad norial,
en las esferas psicodélicas del vacío, diurética animación
y retroalimentación de sus disfraces blandos.
Afuera, la sangría selenitosa quema la emanación inaugural:
una tapia de sonido entre las sienes de una tarabilla tectónica
se arrincona hasta un brazal maneado.
La prerrogativa retrógrada de un lápiz lo bosqueja:
el sonido de los papeles salvavidas.
Ivette Mendoza Fajardo