Odio cerrar los ojos
y pensar solo en ti,
Odio ver tu huella en todo,
en las cosas que amas,
en las palabras que dijiste,
en los rincones vacíos
donde nunca estuviste,
pero sigues aquí,
como una presencia que no se apaga,
como una sombra que se arrastra.
Odio escuchar tu risa
en el eco de mis días,
como un susurro lejano
que ya no me alcanza,
pero aún me atraviesa.
Odio pensar en tu cabello desordenado,
como un espiral que no termina,
Odio pensar en tus ojos,
esos que me desnudaban sin ver,
Odio pensar en tus tontos lunares,
esas constelaciones que aún amé.
Odio pensar en tu arte,
en las líneas que ya no me llegan,
en las sombras que dejaste
en cada rincón de mi memoria.
Odio pensar que yo sea vulnerable,
como un frágil eco que repite tu nombre.
Odio pensar que me hagas sentir tanto,
como un veneno que se queda y no se va,
como una herida que sangra y no da paz.
Odio que siempre regreses
solo para irte otra vez,
que cada vez me dejes
y, cada vez, me quede
esperando el regreso
que sé que no llegará.
Odio no poder odiarte ni un poquito,
como si hasta el odio fuera un lujo que no me permito.
Odio pensar en la idea de que no me extrañas,
como si mi ausencia fuera un alivio,
como si mi nombre se desvaneciera
en la quietud de tu indiferencia.
Odio que para ti sea una extraña,
una sombra que pasa sin ser vista,
mientras yo sigo atrapada
en tu imagen que no se va.
Odio no poder olvidarte,
Odio que
al final,
lo único que quiero
es besarte, amarte.