Amada mía,
Hoy, más que nunca, siento el peso de las horas en mi pecho, como si el tiempo mismo fuera un río que arrastra con él todo lo que ha sido. Aquí, donde el horizonte se encuentra con la neblina, el eco de mis pensamientos suena más fuerte que las voces que me llaman al deber. El rugir del viento parece llevarse las palabras, dejando solo la quietud, esa misma que habita cuando el hombre sabe que no hay vuelta atrás.
La guerra, que tantos temen, es un abrazo helado, pero también es un despertar. Te lo digo, amada mía, porque no es la batalla lo que me inquieta, sino lo que dejo atrás. No tememos a la muerte cuando sabemos que lo que hemos vivido no puede ser arrebatado. Nos duele el adiós, y el adiós, como una sombra al final del día, nos acecha.
De todos los recuerdos que me acompañan, el tuyo es el único que no se desvanece. El dolor de tu ausencia me quema, pero también me fortalece, pues sé que lo que he vivido contigo es lo que dará sentido a cada golpe que reciba, a cada paso que dé en esta marcha hacia lo desconocido. La espada puede romper mi carne, pero ni el hierro ni el fuego podrán romper lo que eres para mí.
Sé que las palabras que te envío nunca pueden abarcar la magnitud de lo que siento. Pero es en el silencio, en la quietud que acompaña la espera, donde se encuentran mis más sinceros sentimientos. En la guerra, los hombres hablan con el filo, con el paso, con el sacrificio. Sin embargo, es el alma la que nunca deja de gritar. La guerra no es solo lo que se ve, sino lo que se lleva dentro. Y lo que yo llevo dentro, amada mía, es tu imagen, tu voz, tu aliento. Tú eres la última imagen que guardo antes de enfrentarme al caos.
Lo sé, quizás nunca comprendiste por qué elegí este camino. Quizás nunca entendiste que lo que nos define no es lo que hacemos en la vida, sino lo que estamos dispuestos a dejar atrás para ser fieles a lo que somos. Ser valiente no significa no tener miedo, sino caminar a través de él con la certeza de que lo que vale la pena se construye a pesar de la incertidumbre, a pesar del dolor.
Si algún día el destino reclama lo que es suyo, si algún día mis pasos cesan, quiero que sepas que nunca perdí lo más importante: mi amor por ti. Eso, mi querida, es lo único que permanecerá, lo único que desafía el paso de las estaciones, las heridas del cuerpo, y el hambre de la guerra.
Así como las estrellas no mueren con la oscuridad, mi amor por ti brillará incluso cuando todo lo demás se desvanezca. Tú eres mi refugio, mi fuerza, mi último pensamiento en cada amanecer y mi eterna musa.
En este silencio de la guerra, en este rincón olvidado del mundo, mis palabras llegan a ti con la promesa de que siempre estaré contigo, aunque mis pies caminen en tierras lejanas y mi cuerpo se disuelva en el polvo del olvido.
Te amo más allá de los límites que esta vida impone. Más allá de lo que los dioses pueden comprender. Más allá de cualquier guerra.
Tu esposo, Leónidas