Los muros me respiran,
se cierran en un susurro de piedra,
las sombras se alargan en ecos de mármol
y el aire se quiebra en jadeos de asfixia.
No hay puertas,
solo espejos que devuelven mi miedo,
pulsos acelerados que arañan el pecho,
manos que buscan la grieta del alba.
El techo se encoge,
me aprieta la lengua con nudos de polvo,
la luz es un hilo que se rompe en los párpados
y el tiempo es un muro sin relojes ni fugas.
¡Abran las paredes!
¡Suelten los cerrojos del aire!
Pero el eco se ríe de mi voz gastada
y la nada me abraza con su piel de piedra.
Aquí dentro,
el mundo se ahoga en su propio silencio,
y yo…
me convierto en mi propia jaula.