José Luis Barrientos León

Conversión

 

Eran cántaros llenos de sangre impúdica,

desbordados de estridencia,

al cruzar frente a iglesias y cementerios,

en galope suicida,

con el hedor que resulta,

de las memorias desgarradas,

sangrantes bajo la piel,

aferradas a la espalda como miseria,

colmadas de un silencio que conmueve,

impedidas de palabras,

minusválidas de emociones.

 

Sangre sin alma,

a la espera de la esperanza,

que le permita recordar los rostros,

arrepentirse de las caricias,

experimentar las sensaciones,

en la revelación del espíritu,

conmoverse, palpar, percibir el ser,

en el bullicio de la humanidad,

que se desangra dentro del cántaro.

 

Sangre doliente,

que desea renovarse y ser blanca,

circular por el aire,

transcender a palabra,

germinar en la lengua,

dialogar desde el latido,

discurrir en parsimonia,

atrapar a los sueños,

 volar cual paloma,

para morir en los versos.