Entonces sí eras mi amigo. Cuando en tu juego de poseedor infiel te hacías de su torso, de sus caderas. Noté la genuflexión de sus instintos; segui el trayecto de su desdén a mi infortunio. Tus manos acariciaban la tersura de sus veintiséis años, bajo el pálido engaño de su vestido negro. En esa tarde tú ancianidad buscaba algún rescoldo de su cuerpo. La silueta que amé, el endriago que no fui. Todo ese ensueño meritorio lo ganabas. Cuando sonreías ganador frente a sus senos, blancos y desnudos, en lontananza de mis ganas también. Una conversación, en el recuerdo. Describías la emoción y el carmesí de su inequívoca palabra gritando ayes sin tormentos en su pasión pseudo senil o lo toscos incisivos devorando la precaria intimidad.
... Hipocresía obtusa,
la amistad duró lo que tus manos en su luna
de la noche estival.
Y yo dejé que por su piel de joven taciturna,
desahogaras el secreto
de dos almas impúdicas,
el vestido feliz corto y ceñido
anunciaba que sería tuya,
y las piernas delirantes de fragor
condecendían a la atmósfera convulsa
y ella sabe mi estertor
seré el inexorable visionario y cómplice de angustias,
los ojos que supieron de tu vaivén senil
en aquel cuarto de realidad sexual
donde al final dormía ella como
una rosa húmeda.