La tinta de las viejas Escrituras
son un último recurso
para alcanzar el perdón de Dios.
Penitente, se aferra mi alma
a cada paso que tropieza.
El rostro cubierto esconde mi angustia,
el cíngulo ciñe mi cintura,
jirones desventurados
quieren habitar lejos de mí,
el silencio del tambor
es el incienso que llama a la oración,
elevo mis ojos al cielo,
alzo las manos que tiemblan
invocando a Dios
y grita desgarrado el olivar,
arrodillado siento su crucifixión.
No me flagelaré, soy un anciano,
mi cuerpo ya está machacado,
mi espalda magullada,
aturdido, casi no puedo sentir,
es sincero mi arrepentimiento,
las penitencias son cartas mojadas
si no llega la misericordia del Señor.
Te insultan, te interrogan
y el vacío llena tu silencio.
La Virgen doliente
escucha tambores,
su agonía descompone la noche,
cae tres veces su hijo
entre torrentes de sangre,
y mi cuerpo maltrecho
no puede ayudar al Cireneo
pero llegaré al Calvario,
abrazaré la mano de tu madre,
nunca la soltaré,
su dolor es mi pena.
El Padre se quiebra en tu amor,
se estremecen la tierra y el cielo,
se rompió el tiempo
y Dios sella una nueva alianza.
Vuela Señor, suelta tus clavos,
perdona a los hombres,
ahora comienza tu gloria.
Hágase en mí tu voluntad.