(Soneto decasílabo)
Si le dieras un poco de calma
a mis pasos cansados del mundo,
te daría en un beso profundo
lo mejor que le nace a mi alma.
Pero, mientras, la noche me ensalma
el vacío que dejas oriundo,
a mi vena le hierve un rotundo
deseo de latir en tu palma.
Los caminos del vicio se encienden
por las calles ornadas de estrellas,
y no sé si mis huellas pretenden
ser letritas gritando hacia ellas.
¡Ay!, mis ojos llorosos no entienden
que te fuiste vestida en cattleyas.