Al caer las gotas de la lluvia
en una noche como cualquier otra,
cometí un error garrafal:
revisé tus redes.
Hacía mucho que no.
Y volví a ver tu perfil.
Como me dijo Sofía alguna vez,
ya no eres la mujer que amé,
pero no puedo evitarlo.
Volví a ver ese perfil.
No puedo evitar leerte como un poema,
descifrarte entre luces y sombras:
esos cabellos lacios, rojizos,
deslizándose sobre tu quijada perfecta,
esa mirada perdida en el mar,
sin saber que el ocaso envidia su belleza.
Que el resplandor cobrizo del sol
añoraría las tonalidades de tu cabello,
que aún observo tu silueta esbelta,
tan frágil, tan apetecible,
tal como la recordaba.
Esa mirada que un día fue mía.
Ese perfil que solo me dice lo que ya sabía:
eres libre.
Y no puedo evitar sentirme feliz por ti.
Pero también siento la flecha hundirse en mi pecho.
¿Cómo no pude retener al amor de mi vida?
A mi musa de cien poemas.
Han pasado meses, casi un año,
y me aterra pensar que seas tú.
Que en algún rincón del tiempo idílico
tengas que ser tú.
Pero sé que yo no soy \"ese\" para ti.
¿Qué puedo hacer, Arianna,
para volver al inicio,
para que esos cabellos cobrizos
rocen mi barba otra vez,
para abrazar tu silueta con una fuerza inconcebible
y no soltarte jamás?
Porque sí, te solté.
Porque así lo quisiste.
Pero no porque así lo quise yo.
Y así termina este poema,
viendo tu mirada hacia el mar
mientras yo observo mi lienzo
lleno de gotas,
que no son de lluvia.
Sé que no eres la misma.
Tal vez ya ni te amo.
Pero solo quiero que seas tú.
Y que vuelvas.