Fueron pocas la palabras dichas.
Palabras que redundaron en el pesar;
esas que suscriben un adagio y un
adiós insoslayable.
El rimel se montó sobre una lágrima
que correteó por su mejilla, emulando
cenizas de un fuego extinto.
Su presencia se esfumó.
Mi conciencia estalló en mil pedazos;
el delirio socavó mi alma
jugando con la muerte y la
resurrección.
Me remonté como un cometa para
buscarla.
La vi en la playa.
Lucía un vestido blanco;
su torso: gris azulado.
Caminaba a paso de ave por la orilla,
imagino, arrojando sus últimos sueños
a la ingrávida espuma.
El viento recogió mágicamente su
cabello, alzó el vuelo,
y se perdió en el cielo como una gaviota.