En sus radiantes pupilas
brillaba el cielo,
y en su sonrisa traviesa
un suave gesto;
en sus labios palpitaba
un dulce beso,
que era de mi alma de vate
el gran deseo,
porque yo siempre soñaba
beber su aliento,
y en sus sábanas de seda
tener su cuerpo,
que era la fuente divina
donde mis versos
bebían las dulces mieles
de mis ensueños.
¡Y fue una tarde de lluvia
de crudo invierno,
cuando su imagen lozana
tomé en su lecho;
y acariciando sus formas
con embeleso,
gocé la gloria suprema
del dulce encuentro!
Allí vivimos los dos
de amor el fuego
bajo la tierna mirada
del Dios eterno
que bendijo nuestra unión
con grandes truenos.
Autor: Aníbal Rodríguez.