Si te duele la cabeza:
ibuprofeno.
Si no puedes dormir: magnesio o
melatonina
Si estás triste:
fluoxetina o “piensa positivo”.
Si engordas:
quita el pan y la azúcar
Si adelgazas:
haz batidos con aguacate y chía.
Todo tiene receta,
todo viene en cápsulas, gotas o aplicaciones
Menos la paz.
Llevamos a cuestas más accesorios que una máquina de coser.
Las dietas prometen salud,
los nutricionistas dividen el plato
como si la vida cupiera en cuatro colores.
Pero nadie te pregunta
qué fue lo que se rompió adentro.
Ni qué parte de ti
dejó de sentirse completo.
Y así vivimos:
recetados,
contados,
medidos,
prohibidos.
Comiendo sin hambre,
corriendo sin rumbo,
pensando que sanar
es cuestión de gramos, pastillas
o meditación de incienso.
Pero la verdad es otra:
el cuerpo no miente,
y el cuerpo
no se cura con etiquetas.