Creí que eras abrigo
y fuiste viento.
Pensé que traías agua
y solo eras espejismo.
Me vestí de confianza,
te entregué mi fe,
y tú la cambiaste
por promesas sin alma.
Pero no te culpo.
A veces se pierde lo que nunca se tuvo.
Y en esa pérdida,
yo me encontré.
Las heridas duelen,
sí,
pero también enseñan.
Y hoy entiendo que mi amor
fue demasiado valioso
para que lo llevaras
como carga.
Tú no lo merecías.
Y por eso,
te dejo ir.