Solitario
camina el poeta por la orilla del mar.
A veces sube la colina
y se sienta bajo el pinar
y se queda observando el inmenso cielo y el inmenso mar;
se queda escuchando la eterna canción de las olas
y el golpeteo de las piedras que vienen y van.
Su mirada se confunde con la inmensidad
y penetra en el horizonte
y se nutre de viento y sal,
mientras el ocaso se rinde
ante su voz triste
y el cielo se oscurece sobre el mar.
Hay una pena que invade su corazón
y que limita su canto de zorzal;
hay una pena que lo carcome
y levanta sus huesos
como una ofrenda sobre un altar.
A veces, las penas vienen de lejos;
son como canciones con entonaciones lastimeras.
Otras, salen de adentro,
cantan llenando el alma
sin lágrimas ni quejas.