Se torna purpura todo este cielo,
Que en el lago se quiebra en anhelos,
Y derrumban la montaña sobre sus cuerpos,
Y los poseen los gigantes de sus opulentos miedos.
Los mira el terror con un poco de desconcierto.
Se les desvanece la piel entre los dedos,
Y vuelve a mirar pero con cierto recelo,
Cuando se diseminan el olor de los labios, de los besos.
En unos ojos se observa,
El éxtasis del furtivo encuentro
La espera que impacienta todo su cuerpo,
Al poder ver en esos espejos (pureza) de nuevo su reflejo.
Les desvanece el viento las palabras,
Se desnudan con besos, con miradas,
Se estrujan y aun así nos se dañan,
Porque les llena en pequeñas dosis hasta el alma.
Les aterra el poder del caprichoso tiempo
Que les roba la vida
En la inverosímil efusión que se vierte desde su pecho
Y que da pasó a que todo parezca un endulzante ensueño.
Sus pensamientos se evaporan
Se vuelve a juntar sus dedos
Y aunque no se digan nada
No se escuchan los cantos del silencio.
Si los posee la anegada melancolía
Se extingue con caricias de flores,
Con pétalos, truenos, con el trino, con el halito frio y eterno,
Y los invaden deseos, fantasías, ilusiones.