Es una triste calle, y tan triste lo es que hasta su nombre
se le ha borrado en una placa blanca, en un palo viejo,
a nadie importa cómo se llamaba, ella es solamente
una calle triste.
Su silencio rompe el corretear de ratas con ajados
gatos en su cacería, la lechuza de móvil cabeza
con chistidos vanos a las sombras quietas…
y el farol obsequiando su luz mortecina.
Allí donde se esconden en negra espesura
las nostalgias que llevan transeúntes dormidos,
esa misma calle que mira en silencio
cómo se diluyen palabras al viento.
Ve pasar silentes fantasmas de hombres
abrumados, solos, de brazos caídos, con ojos cerrados
que no quieren ver la turbia llegada de otro amanecer,
embriagados de noche y también de licores.
De veredas angostas, gastadas y sucias, paredones altos
con pálidos ladrillos comidos por tiempos, una florecita
juega con las brisas, que en algún momento
siendo una semilla de lejos trajeran.
Una muchachita que cruza al pasito, rumiando sus penas
por aquel destino que a diario la empuja a brazos extraños,
a cuerpos sin nombres, seres ignorados de pandas llevadas
por locos deseos, deseos de amor.
Es una triste calle, que alberga secretos de tantos borrachos
que le cuentan cuitas en sus bambaleos, o de desamores
que lloran las niñas del barrio abatido, del barrio que sueña
entre los fangales, entre madreselvas y casas sin puertas.
Una calle triste, de nombre borrado y que espera en las sombras
que vuelva su sol.
Derechos reservados por Ruben Maldonado.