Encontrada en mis únicos sueños
como la luz del amanecer albo,
como la noche que la luna me entregó,
Dios me entregó sus lívidos labios.
Fui un mirlo herido mientras vuela,
curé mis heridas en sus brazos;
sus ojos, dos esperanzas centellean,
dio a mis noches los sueños olvidados.
Ay! Sólo una luz blanca de estrellas,
que puso en mí corazón el delirio
de sentirse vivo por vez primera.
Ay! Sólo un recuerdo sin olvido:
que una flor tan sólo llenase
de vida a un desierto sombrío.
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Autor:
Enrique Romero (
Offline)
- Publicado: 21 de enero de 2015 a las 15:25
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 94
- Usuarios favoritos de este poema: El Hombre de la Rosa
Comentarios1
Muy hermoso tu poema amigo Enrique
Saludos de amistad Críspulo...
El Hombre de la Rosa...
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